En base al material cerámico recogido en superficie en la parte superior de la planicie, se puede afirmar que en este lugar se emplazaba una fortificación de época andalusí, construida probablemente sobre un asentamiento anterior de época ibérica.
La cronología de esta fortificación musulmana, hoy muy arruinada, se situaría entre los siglos X–XI y XII o inicios del XIII, momento en el que debió ser abandonada.
Los autores Huélamo y Solias señalan los siguientes datos sobre el castillo:
“Los restos constructivos, que ocupan toda la cumbre de la montaña, ofrecen una longitud aproximada de unos 70 metros de largo por una anchura que varía entre los aproximadamente 6 a 8 metros en los extremos y 16 metros en el centro. La forma general recuerda la de un rectángulo muy alargado en dirección aproximada N–S, con uno de los lados largos ligeramente abombado y una torre en el extremo sur”.
Asimismo, documentan la existencia de un muro corrido en el lado este, de unos 69 metros de longitud, que en el extremo noreste conforma un ángulo recto al que se adosa lo que podría ser, a falta de excavación arqueológica, una torre circular, posiblemente de cronología posterior. En esta zona se ha observado una remoción incontrolada de tierras que dejó al descubierto la cara externa del muro hasta una altura de 2,5 metros.
Por el lado oeste, aunque el muro perimetral no se distingue con claridad, parecen adivinarse hacia la zona central y hacia el extremo sur dos pequeñas torres de planta cuadrada.
El extremo sur de la construcción presenta lo que debió ser una estratégica torre rectangular, que ocupa todo el ancho de la fortificación en ese punto. Desde este enclave se controlaría visualmente la hoz del río Turia, reafirmando su papel defensivo.
En la superficie interior del recinto se observan restos de diversos muros que parecen articular el espacio en divisiones de trazado relativamente ortogonal respecto a los paramentos exteriores.
“La edificación se realizó con piedra calcárea, probablemente arrancada del sustrato superior del cerro. El mortero parece estar constituido por una argamasa de tonalidad grisácea en la que abunda el yeso.”
(Huélamo & Solias, 1996)
Con todos estos datos aportados por Huélamo y Solias, es posible aproximar la traza de esta fortificación realizada en piedra calcárea: una planta irregular, semejante a un rectángulo muy alargado en dirección N–S, con uno de sus lados largos ligeramente abombado, y reforzada por una torre rectangular en el extremo sur y otra torre circular, de cronología posterior, en el extremo noreste.
En el lado oeste se intuyen dos torrecillas cuadradas, mientras que en el interior se advierten compartimentaciones ortogonales que organizarían los espacios funcionales de la fortaleza.